Causa Próxima

Suscitando discusiones necesarias

¿Es hora de desconectar la IA?

El canto de las sirenas cibernéticas

© 2025 Jaime Casas Alcaide

Los límites de la inteligencia artificial

Las redes neuronales artificiales son, sin duda, un avance tecnológico que ha resultado y resultará en aplicaciones sorprendentes. Sin embargo, como otras tecnologías que también se han llamado “inteligencia artificial,” no son realmente inteligencia, o mejor dicho, la “inteligencia artificial” no es como la inteligencia humana, ni mucho menos. Resulta tedioso tener que explicar esto una y otra vez, enfrentándose a auténticos devotos de algo que sólo puedo calificar como una religión para la época de las películas de robots, pero debería ser fácil de entender, ya que, para empezar, la inteligencia artificial ha sido creada por nosotros, y todavía nos falta mucho por comprender acerca de nuestra propia inteligencia.

Además, las redes neuronales artificiales son sólo un modelo aproximado, no exacto, de lo que conocemos de las neuronas humanas y, como sabemos al menos desde que trabajamos con ecuaciones diferenciales, luego formalizado en la teoría del caos, una pequeña diferencia en los valores iniciales puede convertirse en una diferencia substancial más tarde o, dicho de otra forma (si la variable no es el tiempo), pequeñas diferencias en un rango acotado impiden absolutamente extrapolar lejos de ese rango cuando el sistema es caótico. Por tanto, no hay razón alguna para dar por sentado que, aun incrementando el tamaño o la complejidad de las redes neuronales, conseguiremos algo parecido a la inteligencia humana, que es claramente un sistema caótico. Al contrario, dado que, estadísticamente, hay en general muchísimas más formas de fallar que de acertar, podemos esperar que la inteligencia artificial siga teniendo las mismas limitaciones básicas que ahora.

Se podrían aducir más argumentos en este sentido, como por ejemplo que ni siquiera comprendemos bien cómo funcionan las propias redes neuronales artificiales, y aún muchos otros, pero nos lo ahorraremos. El caso es que la inteligencia artificial supera ampliamente a la inteligencia humana en algunos aspectos pero es muy inferior en otros, como los relacionados con la intuición o la creatividad. En particular, la inteligencia artificial necesita ingentes cantidades de datos para entrenarse, hasta el punto de que se ha argumentado que la “inteligencia artificial generativa” infringe las leyes del copyright: véase el interesante artículo “When does generative AI qualify for fair use?” (“¿Cuándo se puede calificar la IA generativa como uso justo?”) de Suchir Balaji, investigador de OpenAI muerto prematuramente, por cierto, en misteriosas circunstancias. Es obvio que hay un gran interés económico en que se acepte la hipótesis de que la inteligencia artificial posee creatividad como la inteligencia humana, ya que así se desvía la atención del hecho de que la inteligencia artificial se basa en la extracción de enormes cantidades de información previa y se pueden rebatir más fácilmente potenciales acusaciones de robo de propiedad intelectual. A pesar de ello, espero que quede clara la importancia fundamental de la información previa necesaria para la inteligencia artificial.

Aparte de la cantidad, es fundamental la calidad de la información con que se entrena la inteligencia artificial, lo que queda claro al observar la dificultad con que opera cuando, por ejemplo, se le pide hacer un resumen de un escrito verdaderamente original, omitiendo puntos importantes al haber pocos precedentes, o la rapidez con que decrece la utilidad de la información producida por la inteligencia artificial cuando ésta se entrena con información generada por sí misma, algo que nos recuerda, al menos a los que tenemos edad suficiente, a la crisis de las “vacas locas,” alimentadas con piensos elaborados en parte a partir de productos procedentes de otras vacas.

Falta dinero en la caja

Nótese ahora que la información de calidad con que se entrena la inteligencia artificial ha requerido un esfuerzo humano considerable y tiene, independientemente de la legalidad de su uso en distintas jurisdicciones, un valor en el mercado. Supongamos, como ilustración, que una empresa quiere incrementar la productividad utilizando herramientas de inteligencia artificial. Si se trata en buena medida, por ejemplo, de recopilar y seleccionar información, puede que dichas herramientas sean de gran ayuda, aunque todo dependerá de la calidad de la información previa, ya que se puede acabar requiriendo considerable esfuerzo humano para cribar un exceso de información, información irrelevante o incluso información incorrecta. Si con el resultado de este esfuerzo humano se reentrena la inteligencia artificial, se está produciendo una transferencia de información que podría beneficiar a otras empresas, lo cual puede considerarse deseable o no, pero debe tenerse siempre en cuenta cuidadosamente, ya que es una transferencia de valor comercial.

Es por esto por lo que mantengo que podría ser “hora de desconectar la inteligencia artificial” temporalmente, no porque piense que haya que dejar de investigar o de utilizar las redes neuronales artificiales por completo, sino porque las consecuencias económicas serán probablemente devastadoras para muchas pequeñas y medianas empresas que introduzcan esta tecnología en sus negocios sin una cautelosa reflexión y sin un plan realista. Como siempre que aparece una tecnología novedosa, habrá empleos y empresas que desaparezcan, pero para quien esté decidido a sobrevivir es posible que sea mejor no meterse en algunas batallas, es decir, no utilizar la inteligencia artificial mientras no se cumplan ciertas condiciones.

Consideremos, pues, la situación de las pequeñas y medianas empresas. Dado el tamaño de las redes neuronales y la cantidad de información necesarios para que la inteligencia artificial tenga un valor práctico, así como el nivel técnico requerido para no depender de tecnologías ajenas, es sin duda un negocio principalmente para las grandes o muy grandes empresas. Todos sabemos de quiénes estamos hablando. En cambio, para las pequeñas y medianas empresas, puede ser una trampa que conduzca finalmente a la bancarrota. Al tener que recurrir a tecnología e infraestructura ajenas, una pequeña o mediana empresa que quiera iniciarse en la era de la inteligencia artificial, como ha oído incontables veces que es “el futuro,” se ve en una posición de enorme debilidad que tienta y permite a la gran empresa aprovecharse de ella.

Explicado crudamente, esa pequeña o mediana empresa podría estar pagando dinero a una gran empresa para transferir su valiosa información, tanto si tiene mucha como si tiene poca, a esa misma gran empresa que probablemente, no nos engañemos, sólo espera el momento oportuno para quedarse con su negocio. Hemos visto ya repetidamente transformaciones del mercado similares con otras tecnologías, como los buscadores, y no hay motivo para suponer que no va a pasar lo mismo con la inteligencia artificial. Y además será legal, desde un punto de vista estrictamente jurídico, ya que cuando se tiene miedo se firma casi cualquier contrato, la ley va muy por detrás y hasta nuestros gobernantes parecen haber caído en una fase maníaca respecto de la inteligencia artificial.

No es oro todo lo que reluce

¿Se puede hacer algo por evitar el baño de sangre empresarial que se avecina? No es fácil, ya que el pez grande se come al chico, como se suele decir, pero tampoco es imposible, como demuestra el hecho de que todavía haya peces chicos en el mar. En primer lugar, es imprescindible tener presente que es mejor no colaborar en posición de desventaja con alguien que no tiene ninguna razón para velar por tus intereses, por muy atractiva que parezca la oferta y aunque esto conlleve no entrar de momento en ese ansiado futuro que nos tratan de vender algunos. En segundo lugar, todo dependerá del talento humano del que disponga cada pequeña o mediana empresa y de la capacidad de su dirección para planear una estrategia de supervivencia en un mercado tan cambiante.

Porque, seamos realistas, sin talento humano de primer nivel, verdaderamente creativo, lo más probable es que muchas empresas tengan los días contados, por más que utilicen herramientas de inteligencia artificial. Pero si se tiene talento humano capaz de hacer cosas que la inteligencia artificial no puede, y la dirección tiene lucidez para darse cuenta y puede permitirse no caer en la desesperación, quizás sea mucho más rentable para una empresa no utilizar herramientas de inteligencia artificial en condiciones que impliquen el traspaso encubierto de propiedad intelectual al proveedor de las herramientas, lo que podría implicar costes a medio y largo plazo mucho mayores que lo anticipado, y centrarse, a cambio, en desarrollar al máximo el potencial de su talento humano. No olvidemos que el incremento de la productividad resultante del uso de herramientas de inteligencia artificial generativa podría ser más aparente que real, si hay que revisar y rehacer, total o parcialmente, lo producido por dichas herramientas para no caer en la mediocridad o el adocenamiento, o para superar determinados requisitos de calidad, por ejemplo, en el caso de la traducción de ciertos tipos de textos legales, literarios, científicos, filosóficos, etc.

Lamentablemente, la precaución va a menudo en contra de la naturaleza humana en general y la de muchos gestores y directores de empresas en particular, quienes siguen olvidando con frecuencia que cuando algo parece demasiado bueno para ser verdad, casi seguro que no lo es. A este respecto puedo relatar una anécdota personal: no hace mucho asistí a una presentación técnica sobre el proyecto de inteligencia artificial de cierta empresa de cuyo nombre no quiero acordarme. Al presentador, y a la vez responsable técnico del proyecto, algún ayudante le debió incluir en el material una breve sección sobre las implicaciones éticas de la inteligencia artificial. Cuando llegó a ella el presentador se limitó a decir que esa sección era una tontería y que “si no lo haces tú, algún otro lo hará.” Aun si adoptara la posición de que no se debe regular la inteligencia artificial en ninguna medida, no comprendo cómo se puede pensar que la aplicación de la inteligencia artificial, por ejemplo, a la generación de pornografía infantil, o a la falsificación de evidencia gráfica, o a la toma de decisiones administrativas discriminatorias, o a otras muchas cosas, no tiene implicaciones éticas. Pero como ya he dicho, la inteligencia artificial se ha convertido en una religión para muchos y a los conversos es mejor no llevarles la contraria.

El futuro

Repito, lo primero que hay que combatir es el canto de sirena que ha embaucado a tantas empresas y que las conduce a su propia destrucción. Sin embargo, tampoco es razonable adoptar la postura simétricamente opuesta, ya que nos perderíamos las ventajas reales (y no exageradas) que la inteligencia artificial puede aportar. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo volver a conectar la IA de forma segura? En mi opinión lo mejor es recurrir a una filosofía que ha tenido grandes éxitos en él ámbito de los sistemas operativos pero que apenas se ha empezado a aplicar en el ámbito de los datos, la filosofía del código abierto.

Es decir, las empresas podrían colaborar sobre la base de un fondo común de datos y algoritmos al que todas contribuyen y al que todas tienen acceso sin restricciones. Naturalmente, cada empresa debería sopesar las ventajas e inconvenientes de donar su propiedad intelectual, total o parcialmente, a cambio de tener libre acceso a este fondo, pero creo que podría ser beneficioso para muchas. Al igual que ha pasado con las licencias de código abierto, esta forma de colaborar no sólo no infringe las leyes de propiedad intelectual sino que las respeta escrupulosamente. Igualmente, no impide remuneraciones económicas; por ejemplo, puesto que los datos de los que hablamos requieren una infraestructura costosa, podemos esperar que los “tesoreros,” por así decirlo, de los datos cobren dinero por su labor, siempre que no sea abusivo o con la intención de poner trabas a la competencia. Lo importante es que todos tengan derecho a todos los datos y algoritmos del fondo.

¿Demasiado idealista? Ciertamente, en los comienzos de la era del código abierto muchos se preguntaban acerca de su viabilidad económica y es natural hacerse la misma pregunta en los comienzos de la era de los “datos abiertos,” si se me permite acuñar la expresión, pero estoy convencido de que se encontrarán soluciones creativas. Al fin y al cabo, ciertos profesionales del conocimiento, como médicos y abogados, trabajan desde hace tiempo principalmente con datos abiertos y sinceramente espero que la inteligencia artificial no les quite el trabajo sino que les ayude a mejorar en el mismo.